El vértigo de la certeza recién estrenada
Salí de la sesión convencido de haber comprendido algo definitivo. Esa convicción duró hasta que pisé la calle y el ruido del tráfico me devolvió a la densidad de lo cotidiano. Allí, en el semáforo en rojo, empecé a notar cómo la interpretación se deshilachaba. Lo que unas horas antes parecía una revelación tallada en piedra comenzaba a volverse borroso, como un sueño que se escapa mientras intentas contarlo.
Y en ese deshilache apareció algo incómodo: quizá lo que había entendido no era el contenido de la experiencia, sino mi propia ansiedad por darle un nombre rápido.
La mente a veces no se lleva muy bien con el vacío. Especialmente el vacío que queda después de una experiencia demasiado grande para las palabras que tenemos disponibles. Entonces hace lo que sabe hacer: traduce. Convierte la imagen en palabra, la sensación en explicación, el encuentro con lo desconocido en una historia con principio y final.
Una amiga vio a su abuela muerta durante una experiencia psicodélica y decidió que aquello era un mensaje para que perdonara a su padre.
Puede ser.
También puede ser que la figura de la abuela haya sido el recipiente disponible para una emoción que todavía no sabía cómo nombrar.
La diferencia entre ambas lecturas importa. En una, la experiencia parece dictar una acción. En la otra, ofrece un material que todavía necesita ser explorado y que quizá nunca llegue a una interpretación definitiva.
He visto personas tomar decisiones importantes pocos días después de una experiencia con la misma urgencia con que se firma un contrato. Terminar relaciones, renunciar a empleos, mudarse de ciudad. A veces esas decisiones son acertadas. Otras veces, lo que parecía claridad era la necesidad de salir rápidamente de la incomodidad de no saber.
Una experiencia intensa puede abrir una pregunta que llevaba mucho tiempo enterrada. La pregunta incomoda. La solución, aunque sea equivocada, devuelve algo de control.
Hay una palabra que se usa mucho en estos contextos: integración.
La he usado yo también.
Y cada vez me interesa más preguntarme qué queremos decir exactamente cuando la utilizamos.
Integrar puede significar muchas cosas. Puede ser comprender una experiencia, encontrarle un lugar en nuestra historia, reconocer sus efectos en la vida cotidiana o descubrir que todavía está trabajando en nosotros. También puede convertirse, sin que nos demos cuenta, en la necesidad de cerrar demasiado pronto algo que permanece abierto.
Quizá algunas experiencias necesiten tiempo antes de poder ser comprendidas.
Quizá otras cambien de significado a medida que cambia la persona que las recuerda.
A veces creemos que estamos interpretando una experiencia cuando, en realidad, estamos interpretándonos a nosotros mismos.
Aquí aparece un riesgo especialmente sutil.
Una experiencia puede alterar profundamente la sensación habitual de identidad y, al regresar a la vida cotidiana, esa misma experiencia puede convertirse en una nueva fuente de identidad.
Entonces aparece el personaje del que ha visto algo que los demás todavía no han visto.
Sabe que todo es uno. Sabe que el amor es la respuesta. Sabe que la realidad es una ilusión. Sabe que ha comprendido algo fundamental.
Y ese saber puede terminar separándolo de los demás.
Hay una satisfacción silenciosa en sentirse alguien que ha visto más lejos. El narcisismo del viajero puede adoptar una forma mucho más sofisticada que la del fanfarrón. Puede presentarse como humildad, espiritualidad o iluminación.
El ego también puede aprender un vocabulario nuevo.
Me pregunto cómo se evita ese desvío.
La respuesta que más me convence sigue siendo una práctica bastante incómoda: volver a preguntarse.
¿Y si esa revelación tan especial fuera, al menos en parte, una proyección de mis deseos?
¿Y si aquello que llamo verdad universal llevara también la forma de mi propia historia?
¿Y si mi necesidad de encontrar un significado estuviera participando en la construcción de ese significado?
Conviene aplicar esta misma sospecha al acompañamiento profesional. Un terapeuta puede ayudar a una persona a explorar una experiencia y también puede introducir, sin quererlo, su propia manera de entenderla. Cada formación trae consigo un lenguaje, unas categorías y determinadas formas de prestar atención.
Por eso me interesa una idea sencilla: acompañar una experiencia exige saber cuándo intervenir y cuándo dejar espacio.
Un buen acompañamiento puede ayudar a una persona a mirar aquello que está viviendo con mayor claridad. También puede devolverle una pregunta cuando la tentación es ofrecerle una respuesta.
En mi experiencia, algunas de las intervenciones más valiosas han sido las más sencillas.
Una pregunta.
Una pausa.
Un silencio.
Ese momento en que el terapeuta se calla y devuelve la experiencia a quien la está viviendo.
Hay algo profundamente respetuoso en eso. El silencio de otro puede sostener una búsqueda sin ocupar su lugar.
Vivimos, además, en una época que exige rendimiento incluso de la vida interior.
Una experiencia psicodélica debe servir para algo: curar un trauma, mejorar el rendimiento, encontrar un propósito, cambiar una relación, convertirse en una versión mejor de uno mismo.
Incluso el lenguaje espiritual puede quedar atrapado en esa lógica. Inviertes en una experiencia y esperas un retorno en forma de bienestar.
Sin embargo, hay experiencias que dejan algo mucho más difícil de convertir en utilidad.
Una percepción.
Una pregunta.
Una sensación de extrañeza.
La impresión de que aquello que considerábamos evidente quizá era solamente una manera posible de mirar.
Eso también puede tener valor.
Tal vez una de las funciones más interesantes de una experiencia extraordinaria sea desajustar los significados con los que veníamos organizando nuestra vida.
La experiencia puede mostrar algo importante sin decirnos exactamente qué significa.
Esa distinción me parece fundamental.
Porque una experiencia puede ser profundamente significativa y, al mismo tiempo, permanecer parcialmente incomprensible.
Quizá el valor de una experiencia no dependa de encontrar detrás de ella un mensaje oculto. Quizá pueda estar en lo que hace con nuestros significados anteriores. En aquello que desordena. En las preguntas que deja abiertas. En las posibilidades que aparecen cuando una interpretación que parecía definitiva pierde un poco de su autoridad.
Una experiencia así no necesita convertirse inmediatamente en una teoría sobre la vida.
Puede permanecer como experiencia.
Puede acompañarnos durante meses o años y cambiar de forma mientras nosotros cambiamos con ella.
La pregunta entonces deja de ser cómo cerrar aquello que ocurrió.
Empieza a ser cómo vivir con lo que abrió.
Eso requiere una clase particular de paciencia.
Una que permite decir:
Esto fue importante.
Y también:
Todavía no sé por qué.
Permite sentir que hemos tocado algo profundo y, al mismo tiempo, sospechar de nuestra propia necesidad de convertirlo en algo profundo.
Quizá ahí haya una forma más madura de relacionarnos con las experiencias extraordinarias.
No necesitamos decidir inmediatamente qué fueron.
Podemos observar qué hacen con nosotros.
Qué cambia en nuestra manera de relacionarnos.
Qué ocurre con nuestros hábitos.
Qué sucede con aquello que antes parecía imposible.
Qué permanece cuando desaparece la intensidad.
Qué queda cuando la experiencia deja de ser una historia interesante y vuelve a formar parte de la vida cotidiana.
Porque la experiencia extraordinaria termina.
La vida continúa.
Y es allí donde empieza una parte importante del trabajo.
Cuando las imágenes se apagan, el acompañante se va y volvemos a las mismas calles, las mismas personas, las mismas obligaciones. Allí aparece una pregunta menos espectacular y quizá más difícil:
¿qué hago ahora con todo esto?
Tal vez no exista una respuesta única.
Tal vez tampoco haga falta.
Quizá una de las formas más honestas de cuidar una experiencia extraordinaria consista en dejar que permanezca un poco extraña.
Permitir que nos acompañe sin obligarla a convertirse en una doctrina.
Dejar que modifique algo de nuestra manera de mirar, mientras seguimos teniendo la suficiente duda como para preguntarnos si realmente estamos viendo mejor.
Quizá sea en ese regreso a la vida cotidiana, cuando la intensidad ya pasó y queda solamente lo vivido, donde empezamos a descubrir qué fue realmente lo que cambió.